viernes, 28 de abril de 2017

CERVANTES, RESENDE, CAMÕES Y EL USO DE LA ARTILLERÍA


Moisés Cayetano Rosado
  
El 23 de abril, Día Internacional del Libro, conmemorábamos el fallecimiento (más exactamente enterramiento) de Miguel de Cervantes, con lo que en distintos ámbitos hemos dado un repaso a su “Don Quijote de la Mancha”. Y como, por otra parte, estamos con el ajetreo de la organización de las “VI Jornadas de Valorización de las Fortificaciones Abaluartadas de la Raia/Raya luso-española” -a celebrar en Almeida los días 29 y 30 de este mismo mes-, me he detenido en su Capítulo XXXVIII de la Primera parte: “Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y de las letras”.
Allí podemos leer un párrafo  curioso: Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de aquestos endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero, y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía gozar luengos siglos. Y así, considerando esto, estoy por decir que en el alma me pesa de haber tomado este ejercicio de caballero andante en edad tan detestable como es esta en que ahora vivimos; porque, aunque a mí ningún peligro me pone miedo, todavía me pone recelo pensar si la pólvora y el estaño me han de quitar la ocasión de hacerme famoso y conocido por el valor de mi brazo y filos de mi espada, por todo lo descubierto de la tierra.
En tan larga reflexión podemos ver el ideal del caballero medieval, apegado al enfrentamiento “cuerpo a cuerpo”, confiando en la fuerza de su brazo y su pericia, y contrapuesto al uso de la pirobalística (armas de fuego), en frenético desarrollo, que dará origen al levantamiento de fortificaciones artilleras y abaluartadas, pegadas al terreno como caparazón de crustáceo, dejando atrás el modelo de castillo altivo, soberbio en su altanera esbeltez, pero vulnerable a los tiros de cañón.
Esta primera parte de El Quijote sería publicada en 1605, cuando ya la artillería en auge suplantaba en el enfrentamiento bélico a la caballería, con lo que el valeroso y ensoñador “Caballero de La Triste Figura” aparece como un romántico “desfacedor de entuertos” que induce a la chacota por parte de los que lo contemplan. Los tiempos estaban cambiando, pese al ideal heroico de la caballería andante, que había perdido su lugar, cediendo el paso a la artillería, tanto ofensiva como defensiva, de gran aparataje en maquinaria y personal a su servicio.
Pero incluso 90 años antes encontramos un lamento muy similar en el gran poeta de Évora García de Resende, que en su “Cancioneiro Geral” escribe:
Não deixa de aver agora
tais homes como passados
mas se são avantajados
são mortos em uma hora
antes de ser afamados:
que a muita artilharia
destroy a cavalaria,
e depois que se usou,
nos homes se não falou
como dantes se fazia

¡Parece que Cervantes conociese la obra de Resende, porque la idea es la misma, con el mérito para el poeta portugués de que la escribió en los comienzos de la generalización de las armas de fuego, de comienzos del siglo XVI!
Entre la sin par novela y el extraordinario cancionero, se nos ofrece otra obra inmortal donde la transición de la neurobalística (maquinarias de guerra por tensión de cuerdas) a la pirobalística (armas de fuego, como quedó dicho) está presente en multitud de sus magníficos versos. Me refiero a “Os Lusíadas” (1572) de Luis de Camões. Nótese la fuerza de la artillería descrita brevemente en estos versos de su de su “Canto Primero, estrofa 68”:
As bombas vêm de fogo, e juntamente
as panelas sulfúreas tão  danosas;
porém aos de Vulcano não consente
que dêem foog às bombardas temerosas

O del último, “Canto Décimo, estrofa 36”:
Raios de fogo irão representando,
no cego ardor, os bravos domadores
quanto ali sentirão olhos e ouvidos
é fumo, ferro, flamas e alaridos

Son tiempos de cambio. Y de resistencia al cambio, de nostalgia por la “valerosidad caballeresca” diluida en el fragor artillero, De admiración ante los “rayos de fuego” que sustituyen al agudo entrechocar de las espadas y el lanzamiento de saetas o pedruscos desde la tensión de las catapultas, que van quedando atrás como los castillos verticales -obstaculizadores del asalto-, sustituidos por las fortalezas agazapadas en el terreno, a salvo del fuego enemigo, y dotadas de profundas aberturas para cañones cada vez más potentes.

Volvamos hoy, tras el “fragor” del Día del Libro, en el reposo y tras el impulso de las efemérides, a nuestros grandes clásicos de la transición en el arte de las armas, que tanto inspiraron sus obras monumentales, hasta hacer parte consustancial de las mismas. Nosotros trataremos de desentrañar, entre otras muchas cosas, en esas Jornadas que se nos avecinan, sus consecuencias y el legado que suponen para la Historia y el Arte de nuestros rayanos territorios.

martes, 25 de abril de 2017

REIVINDICACIÓN DE LA REPÚBLICA
Moisés Cayetano Rosado
Inauguración de los actos en la Casa de la Cultura de La Albuera
No hemos tenido suerte en España con la implantación de la República. La Primera, proclamada por las Cortes el 11 de febrero de 1873, sucumbió el 29 de diciembre de 1874 bajo el “espadón” del general Martínez Campos, que restauró la monarquía borbónica. La Segunda República, declarada el 14 de abril de 1931, se vio atacada el 17 de julio de 1936 por el golpe de estado que consolidaría el régimen dictatorial del general Franco, tras una guerra civil de tres años, llegando a una nueva restauración monárquica en 1975, una vez muerto el general (que ya en sus leyes de sucesión había considerado esa restauración como legitimación de su levantamiento).
Todo ello, con gran lujo de detalles, nos lo recordaría el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla, Javier Pérez Royo, en la “VIII Conjunción Amigos por la República”, desarrollada en La Albuera (Badajoz) el 22 de abril pasado, subrayando que España no ha realizado el necesario ajuste de cuentas con la monarquía, como sí lo han hecho Reino Unido, Francia o Portugal en diversos momentos de su historia, manteniendo una monarquía simbólica en el primer caso o sustituyéndola por una República sólida en los otros dos.
Esta memorable conferencia estuvo precedida en la localidad por la inauguración en su cementerio municipal de un monolito dedicado a las víctimas de la represión franquista, y luego en la Casa de la Cultura -donde se celebraron las siguientes actividades- por una salutación del Alcalde y de los organizadores, así como la interpretación, por la violonchelista Carmen Benito de Tena, del Himno de Riego: himno que cantaba la columna volante del teniente coronel Rafael del Riego tras la insurrección de éste contra el rey de España Fernando VII el 1 de enero de 1820.
A continuación se proyectó el documental inédito, perdido y desconocido hasta 2012 “Los yunteros de Extremadura”, realizado para el Instituto de Reforma Agraria de la Segunda República, haciendo su presentación José Manuel Corbacho, Presidente de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica de Extremadura. Es probable que fuera depositado en la Embajada rusa en París y posteriormente enviado desde allí a Moscú; en 2012 la Universidad Estatal Rusa de Humanidades entregó diversos materiales entre los que éste se encontraba. Se trata de un trabajo de 13 minutos que nos muestra la vida miserable de los trabajadores sin tierra de los campos del sur, que  -junto a su pareja de burros o de mulas, en el mejor de los casos- roturaban a jornal las fincas de secano. Trabajadores que vieron en el advenimiento de la República una oportunidad de Reforma Agraria, que se iría llevando a cabo, hasta que la involución franquista acabó con la experiencia liberadora.
Terminó la jornada con otra conferencia, esta vez del historiador Francisco Javier García Carrero, mostrando los “Mitos y leyendas sobre la II República”, que fueron lanzados y remarcados durante la dictadura franquista para justificar la sublevación militar y posterior represión. El profesor García Carrero desmontó las falacias sobre su seguidismo a la Unión Soviética, radicalismo marxista, etc. que solo apareció parcialmente durante la confrontación bélica posterior.
Todas estas actividades: inauguración del monumento funerario, conferencias, interpretación musical, constituyen una reivindicación de la República en España que se repite año a año en Extremadura, como también en otras regiones y nacionalidades del Estado español, bajo el símbolo de la bandera tricolor: rojo, amarillo y morado, que preside siempre estos actos de recuerdo y reafirmación. Recuerdo de lo que fueron nuestros dos momentos republicanos, llenos de convulsiones por la oposición de unas capas sociales tradicionalistas, aferradas a un modelo “Antiguo Régimen”, estamental, clerical, discriminatorio.

En la memoria colectiva concienciada quedan los avances de ambas, especialmente de la Segunda, en materias tan esenciales como el sufragio universal, la libertad de pensamiento, reunión y asociación, el laicismo social, la separación de poderes sin una representación hereditaria que arbitre medidas, que son prerrogativas de la soberanía popular. Y… queda la necesidad de seguir madurando para que esta reivindicación republicana pueda ser un día, sin grandes tardanzas, una flamante realidad.

viernes, 21 de abril de 2017

De Madrid a Collioure, con parada y fonda en Barcelona (y V)

DESPEDIDA EN EL MUSEU NACIONAL D’ART DE CATALUNYA Y VUELTA CON PARADA EN TRUJILLO
Para el último día de este periplo reservamos la visita al Museu Nacional D’Art de Catalunya, al que llegamos temprano, para ver antes desde su plazoleta de entrada la magnífica vista que se nos ofrece de Barcelona.
El Museo -en el Palacio Nacional construido para la Exposición Internacional de 1929, con estilo ecléctico o revival historicista, donde se alternan los elementos renacentistas y barroco- es en sí un espacio de gran atractivo arquitectónico, que se ve rebasado por un contenido fuera de lo común. Estamos ante la más completa colección de arte románico del mundo, destacando en especial sus frescos eclesiásticos, obtenidos fundamentalmente de las iglesitas pirenaicas que habían sucumbido al abandono y la ruina, y de donde se extrajeron obras tan inigualables como el ábside de San Clemente de Tahull, en el que destaca el soberbio Pantócrator, en su mandorla mística, rodeado de los símbolos de sus cuatro evangelistas, con la mano derecha en actitud de bendecir y sosteniendo con la izquierda un libro sagrado donde resalta la frase EGO SUM LUX MUNDI. Su extrema frontalidad e hieratismo, la acentuada geometría de las partes corporales y los ropajes, con policromía donde predominan el azul y el rojo, resultan fantásticos.
Del amplio románico pasamos al profuso gótico, donde dominan los retablos y cuadros de altares, para pasar a un renacimiento, manierismo y barroco en que abundan los lienzos, con autores tan sobresalientes como José de Rivera, El Greco, Zurbarán, Velázquez, Rubens o Goya. Del arte moderno también hay una extensa representación, llamándonos la atención la presencia de obras de Edward Munch, Dalí, Picasso, Tàpies o Gaudí. Dibujos, carteles, fotografía, numismática, van completando una serie en la que nos “perdemos”.
Pero el tiempo apremia y hay que visitar la exposición temporal sobre Insurrecciones, abierta de 24 de febrero al 21 de mayo.
Insurrecciones reúne casi 300 obras, entre pinturas, dibujos, grabados, fotografías, películas y manuscritos,  de mediados del siglo XIX a la actualidad, realizados por más de un centenar de artistas. El tema común es de las emociones colectivas y los acontecimientos políticos, revueltas, insumisión, agitación política, movimientos sociales y revoluciones de todo tipo. A la alta calidad de lo expuesto se une la emoción que transmite y el hilo conductor que significan acontecimientos que, separados en el tiempo por casi siglo y medio, tienen el mismo transfondo: la injusticia, el sufrimiento que conlleva, la rebelión de masas una y otra vez atropelladas en su dignidad. Nos recordó en buena parte el exilio que se respirabaen Collioure y en los pasos de los Pirineos que visitamos el día anterior.
Ya de vuelta, desembarcados en Madrid en un AVE envidiablemente rápido, tomamos el coche de regreso, haciendo una ligera parada en Trujillo, ciudad encantadora con su recio castillo granítico de los siglos IX al XII protegiendo a la ciudad desde lo alto, tan visible. Llegamos a su Plaza Mayor cuando se comienzan a mover los pasos de Semana Santa de un viernes de dolores especialmente relevante. El renacentista Palacio de la Conquista tardará poco en iluminarse, como la gótica iglesia de Santa María la Mayor, en diagonal con el anterior. A sus pies está la gigantesca estatua ecuestre de Francisco Pizarro, conquistador del Perú, obra realizada en 1929 por el escultor estadounidense Charles Cary Rumsey, que desde los soportales del Mesón la Troya ofrece unas vistas seductoras.
Y allí, en el premiado y afamado Mesón, terminamos laaventura, con sus raciones generosas y su frenético ajetreo, en tanto la procesión, su cristo, virgen, santos, sayones, nazarenos, penitentes, hermandades, desfilantes, curiosos... recorren las múltiples iglesias y los apacibles rincones de la población.
Moisés Cayetano Rosado

(Puede leerse, descargarse, imprimirse, compartirse, etc. la crónica completa desde el Documento 81 de mi enlace: http://moisescayetanorosado.blogspot.com.es/p/paginaprueba.html)

jueves, 20 de abril de 2017

De Madrid a Collioure, con parada y fonda en Barcelona (IV)
ATRAVESANDO LOS PIRINEOS ORIENTALES
Conducir por Barcelona es un placer. Esas avenidas y calles tan anchas, con semáforos que parecen dispuestos siempre a abrirse conforme vas llegando; esa visibilidad tan espectacular que ofrecen los chaflanes de las manzanas edificadas; esas enormes plazas con precisos indicadores de marcha… Así, partiendo de la Plaza de España -al suroeste-, vamos dejando atrás, por la Gran Vía de las Corts Catalanes, todo el Casco Antiguo y enfilamos en la Plaza de las Glòries Catalanes (donde contemplamos la grandiosa Torre AGBAR) la Avenida de la Meridiana, para salir al noreste camino de Gerona, sin sentir el stress circulatorio de otros grandes cascos urbanos.
Ya en Gerona, merece hacer una parada aunque sea mínima para acercase a su envidiable, dinámico y artístico casco histórico, donde el callejeo es una delicia. Los rincones, pasadizos, placitas, caserío en general, son un remanso de paz y de tranquilidad. Y la catedral, subida en el gran pódium que antecede una interminable escalinata, nos recibe con su portada-retablo: barroco de múltiples columnas y hornacinas, presidias por el gran óculo de su rosetón coronado, con el rótulo del año central de la construcción: 1733.
¿Qué decir también de sus espléndidas murallas carolingias, del siglo IX, las más extensas de Europa, paseables en su camino de ronda, y con base romana reconocible en muchos tramos? ¿Y de sus múltiples iglesias de torres airosas, gigantescas? ¡Lástima que no nos coja a la hora de comer, porque en sus terrazas y restaurantes podemos saborear una escudella (comido típico catalán), guisos, pucheros y estofados de ternera y cordero, con buenos complementos de las huertas cercanas, que nos quitan las prisas de momento!
Un pequeño contratiempo: no tomé nota del lugar donde aparcamos el coche, creyendo conocerlo, y nos costó algún rato y apuros dar con él. Y es que siempre hay que anotar el lugar donde se deja uno el vehículo, en lugares poco conocidos.
Pero hay que seguir y pasamos al lado de Figueres: otra tentación, y no solo por todo el legado de Dalí sino por ese fuerte sin igual que es el Castillo de Sant Ferran, de mediados del siglo XVIII, el más gigantesco de la Península y obra cumbre de la ingeniería militar de toda la Edad Moderna. De largo vemos su imponen silueta agazapada, como corresponde a todo fuerte enfrentado a la potente artillería del momento.
Allí hay que optar para atravesar los Pirineos: o al extremo oriental, por Portbou-Cerbère, o un poco más al interior, por La Jonquera-le Perthus. Decidimos hacer una ronda circular, entrando por el primero, para salir después por el segundo. Y así, enfrentamos las curvas y recurvas litorales, que nos dejan contemplar los bellísimos paisajes del Mar Mediterráneo; éstos no nos abandonarán hasta llegar a Collioure, la pequeña comuna francesa donde falleció, exiliado, el poeta español Antonio Machado, enterrado en su cementerio.
Es Collioure un pueblo apacible, crecido desde el fondo del valle hacia los montes de sus alrededores, y regalado por una playa concurrida, festiva y rodeada de fortificaciones, como corresponde a una población clave en la frontera franco-española, tan agitada en todos los tiempos, especialmente en los modernos. Admiramos dificultosamente sus vistas, porque resulta complicado encontrar aparcamiento: es lo que tienen las poblaciones encajadas en valles que desembocan en el mar, pero merece el riesgo de una parada comprometida…
A partir de ahí todo es remembranza de exiliados españoles, que un poco más arriba tienen recuerdos de escalofrío, en la vecina Argelès-sur-Mer. En su playa fueron recluidos y cercados por alambre de espinos -custodiados por tropas coloniales marroquíes y senegalesas de trato brutal- más de 100.000 de los 550.000 refugiados republicanos que huyeron de España en 1939, perseguidos por el terror, las bombas, la metralla de los vencedores de la guerra.
Precisamente entramos a Francia por uno de los pasos que más frecuentaron estos desafortunados: Portbou, y retornamos por la otra “gran puerta de entrada”: la Jonquera.
Pero en ese camino de vuelta, tras llegarnos hasta Perpignan, paramos casi en la mismísima frontera: en el Fuerte de Bellegarde (en lo alto de le Perthus), imponente construcción de finales del siglo XVII, de gran cuerpo central pentagonal alargado y amplio reducto adelantado hacia España, comunicados ambos por camino cubierto. Pasando de manos españolas a francesas en los siglos XVII y XVIII, fue durante la II Guerra Mundial cárcel de la Gestapo. Desde esta elevación pirenaica, las vistas hacia España y Francia son extraordinarias: todo verdor, montes y valles, exuberancia y tranquilidad en lo que un día fue tanto sufrimiento, dolor, humillación.
Bajando el puerto, el hambre nos hace aparición, porque había sido un día de bocadillos y chucherías. Mis nietos reivindican algo más contundente, que obtenemos en uno de los múltiples restaurantes rayanos.
No era hora de “tomar posesión” de un self service con 175 platos a elegir (¡o tomar de todos!), pero el chuletón de 400 gramos y los bistec de 300 gramos que nos ofrecen (más surtido de setas, patatas y huevos fritos, chorizo, ensalada…) no están mal… ¡aunque no sobraron más que los huesos! No obstante, Moi y Marco tomarían buena cuenta de salchichas alemanas, alitas de pollo y algunos aditamentos en el restaurante que descubrimos al lado de la estación de metro de Plaza del Centre (aledaño a nuestro alojamiento y cercano a la estación de Sants), regentado por chinos y servido por indios y magrebíes.
Entre una y otra refección, en la Plaza de España pudimos contemplar ese espectáculo único que ofrece la Fuente Mágica de Montjuïc y sus complementos de fuentecitas y cataratas: música, juegos de colores y movimientos artísticamente acompasados, que son la admiración de todos y embobamiento de neófitos.

Moisés Cayetano Rosado

miércoles, 19 de abril de 2017

De Madrid a Collioure, con parada y fonda en Barcelona (III)
DEL PARQUE GÜELL AL CAMP NOU DE BARCELONA
Cuando paramos de mañana en la Estación de metro de Lesseps, camino del Parque Güell, al norte de Barcelona, mi nieto Marco tiene suerte: encontramos un bar donde sirven churros con chocolate (que después veremos, y comeremos, en diversos lugares de la ciudad); mi otro nieto, Moi, prefiere la butifarra catalana y el café con leche, que tampoco están mal. Y ya, ¡quedamos bien dispuestos para un día de mucho caminar!
Las aglomeraciones en el Parque Güell están aseguradas todo el año, como cualquier cosa que “suene” a Gaudí. Pero el espacio general es suficientemente amplio como para albergar a miles de turistas que deambulamos de un lado para otro. Las 18 hectáreas de este Patrimonio de la Humanidad (como lo es también la Sagrada Familia, que habíamos visto, y las Casas Milà y Batlló, del Paseo de Gracia, que veremos después), propiedad del rico empresario Eusebi Güell, fueron acondicionadas por el artista entre 1900 y 1914, y en ellas derrochó su gran imaginación hasta extremos delirantes, constituyendo la “balconada”, el mirador escalonado (con desnivel de 60 metros) hacia la urbe barcelonesa más cautivador que podamos contemplar.
La rejería de la entrada baja -inspirada en las deshilachadas hojas de palmito- da acceso a una azulejería multicolor, con fuentes escultóricas, que desembocan en gigantesca galería con 86 columnas en estilo dórico, arriba de la cual tenemos el primer gran mirador: plaza de 2.694 m2, polivalente como zona de celebraciones.
Subiendo por las escaleras laterales, vamos ganando terrazas, salvando diversos viaductos de ladrillos, revestidos de piedra rústica, de columnas inclinadas, irregulares, y bóvedas de cañón igualmente deformadas, evocando los estilos románico, gótico y barroco, tan del gusto de Gaudí. Pabellones, palacetes, casas de diversas facturas, completan un conjunto sobresaliente.
Así, con esta lección de estilo artístico peculiar, es fácil encontrar en esa columna vertebral que constituye el Paseo de Gracia los dos grandes edificios emblemáticos del singular arquitecto. Y no solo por las colas de turistas que aguardan para entrar y los que los fotografían sin descanso, sino por la singularidad de sus fachadas: la Casa Milà, a la izquierda según bajamos a la Plaza de Cataluña, popularmente conocida como “la Pedrera”, de 1906-1912, haciendo chaflán con la calle Provenza, grandiosa, curvilínea, profusamente abalconada, de grandes chimeneas sinuosas, en color blanco como todo el conjunto; un poco más abajo, a la derecha, la Casa Batlló, de 1904-1906, con fachada floreada, multicolor, igualmente de curvilíneas balconadas adelantadas, que cuando la vimos por la noche parecía que estuviéramos ante una casita encantada de cuentos infantiles.
Bajando a la elegante Plaza de Cataluña, claro, hay que hacer un alto en el Corte Inglés: ya sabemos… ¡las zapatillas de moda! Pero la multitienda que las atesora está un poco más abajo, en la Puerta del Ángel. No obstante, las zapatillas que buscábamos no íbamos a verlas allí sino en una de las tiendas del antiguo coso taurino de la Plaza de España, lugar que hace las delicias de los “consumidores”.
Estando ya en el meollo del Casco Antiguo de Barcelona, es preciso recorrer con calma el Barrio Gótico, volver a la Catedral, a la Plaza de Sant Jaume, a las Ramblas para disfrutar -siendo la hora de la comida- de la oferta variada del Mercado de la Boquería, tan repleto de bares-restaurantes (¡y abarrotados de clientes!), con puestos de toda clase de zumos refrescantes a un euro o euro y medio el vaso largo con pajita.
Luego es cuestión de bajar aún más, cerca de la Vía Layetana, hacia lo que para mí es uno de los templos más fascinantes que conozco: la Basílica de Santa María del Mar, magnífico ejemplo del gótico catalán, del siglo XIV: imponente en su reciedumbre, en su extraordinaria altura que alcanza los 33 metros en la nave central (lo mismo que su anchura, teniendo a lo largo 80 metros); edificio de tres naves, sin crucero, con amplio deambulatorio, todo cubierto con bóveda de crucería sostenida por dieciséis columnas octogonales de 1’6 metros de grosor.
Muy cerca, hacia el noreste nos topamos con el antiguo Mercado del Born y a continuación el Parque de la Ciudadela. El Mercado del Born fue construido a partir de 1871, en estructura metálica, con la finalidad de albergar los puestos que desde la Edad Media habían estado presentes en la zona y fueron arrasados para construir la gran Ciudadela que ideó Felipe V en 1715 para dominar la ciudad que se había opuesto a su proclamación.
El mercado estuvo activo hasta 1971, acometiéndose su rehabilitación en 2013, siendo en la actualidad un centro de exposiciones permanentes y temporales, una memoria de lo que fueron y significaron los mercados históricos de la ciudad, al tiempo que -en su zona central- un espacio arqueológico donde contemplar los restos de viviendas y mercado arrasados al levantar la Ciudadela.
Ahora paseamos por lo que fue esa fortaleza abaluartada de cinco puntas con cinco revellines (inmenso pentágono de 28’6 hectáreas), levantada entre 1715 y 1751, y derribada durante la Revolución de 1868. Parece que estuviéramos en el Retiro madrileño: todo verdor, arboledas, palacetes y también una laguna donde podemos remar a placer con barquitas similares. Cientos de personas, incluso en bañador y bikini, toman el sol, ajenos a tiempos duros de represión y miedo.
En fin, un día ajetreado que terminamos cerca de nuestro lugar de alojamiento: en el Camp Nou, Estadio del Fútbol Club de Barcelona -al oeste de la población-, que es un complejo futbolístico y de tiendas donde venden todo tipo de “aparejos” deportivos, con unos precios que se suben por las nubes. ¡No en vano mandan allí los de Qatar!

Moisés Cayetano Rosado

martes, 18 de abril de 2017

De Madrid a Collioure, con parada y fonda en Barcelona (II)
DE MONTSERRAT A LA SAGRADA FAMILIA Y REGRESO POR LAS RAMBLAS
Cuando llegas por la noche a la Estación de Sants, en Barcelona, puedes sentirte un poco despistado ante la inmensidad de sus plazas y las calles anchísimas, tan rectas, infinitas. Pero enseguida que te orientas un poco comprendes que el trazado de la expansión urbana barcelonesa es ideal para orientarse. El Ensanche, del arquitecto Ildefonso Cerdá, de mediados del siglo XIX, nos ha proporcionado una ciudad en cuadrícula con manzanas achaflanadas que permiten una visión peatonal y circulatoria dinámica y segura.
Alrededor de la Estación hay una oferta de hoteles para todos los gustos y posibilidades económicas (dentro de una carestía superior a la media española), con una boca Metro siempre a mano, pues la red del suburbano es de una densidad envidiable, como lo es la frecuencia de paso.  ¡Qué decir, también, de sus restaurantes y pequeños supermercados,  que parecen abiertos a toda hora y dispuestos a cualquier servicio… regentados y atendidos mayoritariamente por chinos, indios y norteafricanos (algo parecido habíamos visto en Madrid). No hay problemas para obtener en ellos comida italiana, alemana, española o mezclada de diversas nacionalidades, sin que su precio se suba por las nubes.
Y una vez descansados, hay que planificar la estancia. Optamos por coger un combinado en la Estación de Plaza de España, que nos lleva a Montserrat: tren de cercanías hasta Montserrat AERI (una hora), que hace un par de decenas de paradas antes de llegar; teleférico desde allí hasta los pies del Monasterio benedictino (donde se rinde culto a “la Moreneta”, imagen románica de la Virgen, encontrada según la tradición en el año 880), a donde se llega en 5 minutos en que podemos admirar el paisaje abrupto de la montaña y los valles de alrededor; paseo por el complejo creado en el lugar, y dos opciones nuevas: subir montaña arriba en el funicular de Sant Joan, o bajar en el de la Santa Cova.
Como al principio le coge a uno de refresco, lo mejor es cumplir ahora con la primera opción y echar unos minutos de funicular por el desfiladero que nos lleva a lo alto, de donde parten diversos caminos pedestres, el principal de los cuales nos permiten ascender aún más: de los 720 metros sobre el nivel del mar del Monasterio a los 1.028 de la ermita tardorrománica de Sant Joan. Es buen lugar para tomar un respiro, pero merece continuar ascendiendo por las diversas sendas, ya que el paisaje de las enormes moles de conglomerados (emergidos casi verticalmente del mar con la orogenia alpina hace alrededor de 50 millones de años) y los tremendos abismos entre ellos nos ofrecen unas vistas inigualables.
Cuando llegamos a los 1.200 metros de altura, procediendo de la ciudad que está a nivel mismo del mar, los oídos nos avisan de la altura. Y las sendas se hacen estrechas, cada vez más rocosas, protegiéndonos del “mareo” y el peligro vallas de madera a prueba de vértigo. Parece que estuviéramos en el “Caminito del Rey”, del desfiladero de los Gaitanes de Málaga, o el del Cares, en los Picos de Europa.
Descendiendo de nuevo, en la explanada donde tomamos el funicular de subida, también se nos ofrece el otro que baja a la Santa Cova, el lugar donde se encontraría a la Virgen. Éste nos deja en la senda (construida entre 1691 y 1704) que conduce a la cueva, pasando por las estaciones penitentes de los quince misterios, en cada uno de los cuales hay un bajo o altorrelieve, escultura exenta o grupo historiado, elaborados entre 1896 y 1916 por diversos artistas. La belleza del paisaje vuelve a ser cautivante: hacia arriba las tremendas montañas enmarcando al Monasterio y hacia abajo el valle inabarcable, lleno de verdor.
Como la oferta restauradora es amplia y no abusiva en precios, regresaremos a Barcelona con buen ánimo y estupendos recuerdos, ejercicio físico cumplido y recreo visual extraordinario, que podemos completar con un vistazo de atardecer y noche en la ciudad.
Una buena opción es acercase al Templo de la Sagrada Familia, la titánica obra iniciada por Antoni Gaudí en 1882 y que aún sigue en construcción, estando prevista su terminación para dentro de más de cinco años.
Esta obra modernista, evocadora del gótico más florido, llena de imaginación, ensueños y caprichos, es todo un derroche de originalidad, e igualmente nos evoca una catedral francesa de la altivez de Amiens o Reims, o una gruta gigantesca erosionada por el viento y el agua a lo largo de siglos, de milenios.
En Semana Santa, además, se tiene la oportunidad de asistir a un espectáculo de luces, de colores, sonidos y explicaciones en la fachada de la Pasión que nos hace sentirnos ante la prédica medieval de los clérigos, acercándoles el evangelio a los fieles iletrados, por medio de los conjuntos escultóricos que la abarrotan. ¡Cuánto fiel y curioso alrededor procedentes de los más diversos rincones del mundo, especialmente orientales, que todo lo invaden!
Terminado el espectáculo y rindiendo culto también al estómago entre la múltiple oferta gastronómica de la zona, qué mejor que encaminarse (vía metropolitano) a la Catedral y el Barrio Gótico del Casco Antiguo. Disfrutar en la penumbra de ese gótico recreado casi todo a finales del siglo XIX y principios del XX, llegando hasta la Plaza de Sant Jaume, donde se encuentra el Palacio de la Generalitat frente a frente con el Ayuntamiento, formando un conjunto monumental gótico-renacentista meritorio.
De allí -bullicio y deambular masivo- bajamos a Las Ramblas por la calle/carrer/ de Ferran (atestada de tiendas con todo tipo de souvenirs), no sin antes darnos una vuelta por la aledaña Plaza Real, neoclasicista, de mediados del siglo XIX, porticada con arcos de medio punto, atestada de veladores y de gente.

Por el medio de Las Ramblas -columna vertebral de la ciudad vieja- cogemos el metro en la estación Liceu, buscando el descanso de un día de ajetreo, al que esperan jornadas no menos movidas.
Moisés Cayetano Rosado

lunes, 17 de abril de 2017

De Madrid a Collioure, con parada y fonda en Barcelona (I) 

RECALAR EN MADRID
Aunque nuestro destino era fundamentalmente Barcelona, decidimos estirarlo como si fuera un chicle, a un lado y otro y por el medio. Se trata de pasar unos días recorriendo la Península desde Badajoz hasta la frontera pirenaica oriental, degustando especialmente la ciudad condal y con un ligero internamiento en la Francia mediterránea, donde el recuerdo trágico de los exiliados republicanos españoles sigue presente en medio de la belleza del paisaje.
Estudiadas las diversas opciones, la mejor nos resultó coger el coche propio y dirigirnos a Madrid, reservando aparcamiento al lado de la Estación de ferrocarril de Atocha. Una vez llegados, visitamos el exuberante jardín tropical de la estación, en el antiguo edificio de viajeros, de hierro y cristal, donde se atesoran en sus 4.000 metros cuadrados 7.200 plantas de 260 especies, aparte de multitud de tortugas y peces de colores.
Al frente mismo nos queda el antiguo Palacio de Fomento, actual Ministerio de Agricultura, imponente edificio terminado en 1897, de factura neo-renacentista, uno de los más emblemáticos de la ciudad. A continuación, la Cuesta de Moyano, con sus librerías de viejos, algunas ya cerradas, en decadencia, pero con joyas bibliográficas envidiables todavía.
Un poco más arriba el Parque del Retiro, repleto como siempre, y donde era de rigor fotografiarse bajo el Ángel Caído, de Ricardo Bellver (1885), uno de los poquísimos monumentos de este tipo en el mundo, y el más significativo.
Ya en el Retiro -magnífico parque iniciado a principios del siglo XVII y abierto al público desde 1767 (hace ahora 250 años) y donde se come a placer entre su arboleda acogedora-, se hace casi preceptivo remar en una barca por el lago, tras pasar por el Palacio de Cristal. Siempre al principio parece difícil para el no iniciado “navegar” entre tanto turista despistado, y parece que estuviéramos entre coches chocantes de la feria, pero enseguida se le coge el truco.
Madrid da para mucho, pero disponíamos apenas de unas cuantas horas, por lo que se hizo necesario escoger, decidiéndonos por una ruta prácticamente circular en la zona central de la ciudad: Puerta de Alcalá, Paseo del Prado, fuentes de Cibeles y Neptuno, Carrera de San Jerónimo con su airosa escalinata del Congreso de los Diputados y los leones guardianes que parecen un poco despistados… y enseguida la Puerta del Sol.
Como en este punto cero de España “gobierna” el Corte Inglés y sus múltiples dependencia, y como voy con niños, se hace obligatorio subir y bajar por las escaleras mecánicas buscando ropas, zapatos deportivos, curioseando precios y modelos: ellos me ilustran de lo que apenas sabía, esa enormidad de marcas con sus precios subidos que constituyen el “sello de distinción” de las nuevas generaciones. Luego, calles antiguas, castizas, hasta llegar a la Plaza Mayor, atestada de turistas embobados con los “hombres estatuas” que se ganan la vida inmovilizando figuras legendarias, monstruos y héroes, en medio del calor que ya castiga.
Enseguida, mercado tradicional de San Miguel, en la Calle Mayor, ya casi transformado por completo en tiendas de refrescos para el turismo y bares-restaurantes abarrotados que invaden el antiguo espacio de las carnicerías, fruterías, pescaderías,  ultramarinos de antaño, pero que conserva el colorido y mantiene el bullicio de otros tiempos, recordándome un poco al de La Boquería barcelonesa.
Desembocamos en la Catedral de la Almudena -templo construido entre finales del siglo XIX y finales del XX-, tan enorme y pretenciosa en su neogótico interior y neoclásico de fachada, para seguir en su también neorrománico de la cripta, bosque de columnas y bóvedas de piedras bien talladas, donde aún quedan espacios libres para seguir ganando el cielo en sepulturas de privilegio.
Al lado, el barroco Palacio Real, como siempre, se luce con colas de curiosos que te hacen desistir de colocarte en fila bajo el sol, pero merece curiosear por su gran patio desde la enorme rejería exterior.
Pasan casi sin sentir las siete horas programadas para la capital y es tiempo de regreso a la Estación de Atocha, donde coger el AVE con el ánimo puesto en Barcelona, a donde se llega en poco más de dos horas, sin paradas intermedias esta vez. Casi la mitad de lo que tardamos en coche desde Badajoz a Madrid (400 kilómetros), aunque haya casi 250 kilómetros más. ¡Y no digo si nuestro primer trayecto lo hubiéramos hecho en tren, que hubiéramos tenido que echar también la cena en la talega!

Moisés Cayetano Rosado