jueves, 28 de noviembre de 2013

ACUEDUCTO DA ÁGUA DA PRATA: UN PASEO CON GERALDO SEM PAVOR
Moisés Cayetano Rosado
Inaugurado el 28 de marzo de 1537, las el Aqueduto da Água da Prata de Évora fue construido en tiempo record: solamente duraron seis años las obras; casi un centenar tardó en hacerse el de Amoreira, de Elvas.
Bajo la dirección del arquitecto real Francisco de Arruda -el mismo que inició el elvense-, trae sus aguas desde donde hoy tenemos el Barragem do Divor, al sur de Arraiolos, descendiendo al sureste hasta Évora, con casi 19 kilómetros de recorrido.
A pesar de esta considerable extensión -como ocurre con el de Amoreira, y como es común a todos los acueductos-, la mayor vistosidad la adquiere en los valles, que en ambos casos citados corresponde precisamente con la entrada a la ciudad.
Así, el Acueducto da Água da Prata resulta especialmente atractivo en sus últimos dos kilómetros antes de entrar en la población, que es además el tramo más antiguo de los conservados, pues corresponde a la restauración del siglo XVII (tras los desperfectos ocasionados por la Guerra de Restauração, de 1640-1668). Los tramos anteriores son mitad subterráneos y la otra mitad fueron reconstruidos en el siglo XIX.
Este tramo final se prolonga en el interior de la ciudad, donde se conservan las arquerías -si bien algunas están solapadas por las construcciones urbanas-, llegando hasta la plaza central, la Praça do Giraldo, donde una excelente fuente de mármol blanco, con ocho caños (Fonte Henriquina, por el cardenal D. Henrique, rey de Portugal, que la mandó construir) sustituyó a la anterior -más modesta- antes de finalizar el siglo XVI.
Curiosamente, todo este espacio monumental -de arquerías airosas, levantadas en granito bien tallado, con espaciosos arcos de medio punto alzados sobre enormes pilares reforzados-, que va desde el Convento de S. Bento de Castris hasta la Praça do Giraldo, además de su belleza artística y complejidad técnica admirable, constituye un espacio digno de recorrer, en un paseo de 2’5 kilómetros (0’5 kms. en el interior de la ciudad) que nos hará rememorar las hazañas del guerrero cuyo nombre lleva la Praça, y que montado a caballo enarbola una espada ensangrentada, con dos cabezas cortadas a los lados: Giraldo Sem Pavor.
Al servicio del primer rey de Portugal -D. Afonso Henriques-, conquistó la ciudad a los musulmanes en 1165. Legendario guerrero cuyas peripecias se asemejan a las del Cid español, llegó incluso a invadir ciudades extremeñas como Trujillo, Cáceres, Montánchez, Santa Cruz de la Sierra, Badajoz y Lobón. Tenía su cuartel general en Juromenha, y la toma de Évora está envuelta en la leyenda.
Según las crónicas del siglo XVI (de Frei António Brandão y Mestre André de Rezende), estando Évora en una planicie descubierta, solamente una atalaya de S. Bento (donde está el Convento de S. Bento de Castris) era el punto estratégico de avistamiento de enemigos. Pero Geraldo aprovechó que el moro que vigilaba había cedido su puesto a su propia hija para retirarse a descansar, escaló la torre y degolló a la muchacha, haciendo lo mismo a continuación con su padre. Entonces, pudo hacer desde allí señales falsas a los servidores musulmanes de la plaza, que salieron en persecución de una partida de soldados que Geraldo dispuso para distraerlos, en tanto conseguía, en la confusión, entrar en la ciudad fortificada, apoderándose de ella.
Es una tentación, por ello, ir desde el Convento de S. Bento (cisterciense, del siglo XIII) a la Praça do Giraldo, siguiendo el Acueducto, que tras el anterior pasa al lado del Convento da Cartuxa (renacentista y barroco) y penetra en el Forte abaluartado de S. António (del siglo XVII).
Así, seguimos la ruta de leyenda de um esforçado capitão (en palabras de un investigador: Manuel de Carvalho Moniz -1966-) o um bandido que tinha por culto apenas a ladroagem (en palabras de otro: Oliveira Martins -1879-). Un Cid portugués, en suma, según otro más (David López-1940-). Disfruten del doble tesoro: la ruta y la leyenda de Geraldo -o Giraldo- Sem Pavor.

martes, 26 de noviembre de 2013

ACUEDUCTO DE AMOREIRA, PORTENTOSO EXLIBRIS DE ELVAS

Moisés Cayetano Rosado

En 1537 Rey D. João III encargó al arquitecto Francisco de Arruda -maestro de las obras del Alentejo y autor del Acueducto da Água da Prata de Évora- el proyecto de un acueducto para Elvas, ante la insuficiencia de las fuentes propias, dado el crecimiento de la población.
El trabajo se ejecutó a cargo de los impuesto cobrados a los pobladores, pero en 1547 las obras se suspendieron debido a la falta de fondos. Hasta 1571 no consiguen reanudarse. Esta segunda campaña de trabajos -dirigida por el ingeniero Afonso Álvares- continuó hasta 1580: la subida al trono de Felipe I (Felipe II de España) originó un nuevo parón.
Las obras fueron retomadas en el siglo XVII. En el año 1622 se completó el conjunto, con un recorrido de 12.380 metros, varias galerías que en la primera zona son subterráneas, captando el agua de 11 fuentes diferentes y construyéndose 843 arcos en su recorrido, así como diversos aljibes públicos y privados en el Casco Intramuros.
Durante la Guerra Restauração (1640-1668) se convirtió en un obstáculo para la construcción de un nuevo conjunto de fortificaciones. Ingenieros militares exponen la posibilidad de derribar el acueducto, respaldados por D. João IV. La ciudad se opuso a esta medida; el Conde de São Lourenço, gobernador de la Plaza de Elvas, gestionó una petición a la corona, que finalmente renunció al derribo.
Para sortear las dificultades de abastecimiento de la ciudad durante la guerra proyectó una enorme cisterna, el ingeniero Nicolás de Langres, construyéndose a mediados del siglo XVII. Modelo "abovedado y a prueba de bombas", conectado con el acueducto a través de una tubería subterránea, la cisterna -que aún sigue dando servicio en épocas de sequía- tiene 56 m. de largo, 5 metros de ancho y 8 m. de altura. Se accede a ella desde la calle por 25 escalones y tiene 1.636 metros cúbicos de capacidad (según cubicación del teniente coronel José Galheta Ribeiro).
En el Valle de San Francisco -en la entrada oeste de la ciudad, desde donde viene la canalización- el acueducto se eleva majestuosamente a lo largo de 1.113 metros, con cuatro arcos superpuestos, apoyados en pilares cuadrangulares, reforzados por contrafuertes semicirculares, alcanzando treinta y un metros de altura.
Es la zona más espectacular del Acueducto, auténtico exlibris de la ciudad, que desde sus dos fuertes, desde el castillo medieval y desde el aire ofrece un espectáculo lleno de belleza, armonía y grandiosidad.
Integrado en la Guarnición fronteriza y fortificaciones de la ciudad de Elvas -clasificadas en 2012 como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO-, es pieza estratégica esencial del conjunto defensivo. Por ello, su monumentalidad y estado de conservación, constituye uno de los ejemplares histórica, técnica y artísticamente más admirables del mundo.

Desde la enorme explanada de aparcamientos que hay en su base (lugar privilegiado para observarlo) podemos seguir su traza hasta cerca de la pequeña población de Calçadinha -siempre al borde o próximo a la carretera-, lo que constituye un paseo a pie, entre olivos y tierras de labor, de 2’5 kilómetros, sin dificultades, apto para todas las edades y capacidades, aparte de fantástico para los amantes de la naturaleza, el patrimonio artístico y la fotografía.

lunes, 25 de noviembre de 2013

25 DE NOVIEMBRE EN PORTUGAL: EL FIN DE LA ÚLTIMA UTOPÍA


En estos tiempos que vivimos, en que soñar es cosa casi como de locos, recordar los sueños que produjo la Revolução dos Cravos del 25 de abril de 1974, resulta incluso un poco doloroso. Y lo es no sólo porque pensar en la utopía hoy es un coto vedado para una mayoría que si acaso aspira a poder seguir sobreviviendo; lo es sobre todo porque después vino la sombra del 25 de noviembre de 1975, en que lo imaginado fue tirado por tierra como las uvas podridas del otoño.
Ahí dejo unos fragmentos sacados de mi libro Abril 25: el sueño domesticado (escrito junto a mi hijo Moisés) y de una Crónica sobre el debate peninsular que hice al año siguiente.

No quiero añadir otras palabras, que sería como clavar más alfileres en la herida.



domingo, 24 de noviembre de 2013

LA LEY DEL EMBUDO DE LAS INSTITUCIONES PÚBLICAS
(A propósito del “Cubo” de la Alcazaba de Badajoz)
Con la prepotencia que suelen actuar algunos de los representantes políticos, no es extraño que se den situaciones embarazosas que enfrenten a los ciudadanos, buscándose culpables precisamente en los que pretenden precisamente que la legislación vigente se cumpla. Legislación dictada por los mismos políticos que la vulneran, pensando que ellos están por encima de lo que a los demás obliga taxativamente.
Es el caso lacerante de la pretendida Hospedería en el Castillo de Alburquerque o en Convento San Juan de Dios de Olivenza, con lo que se ha agredido vilmente a sus respectivas fortificaciones abaluartadas, para luego desistir del proyecto, tras obtener a la vez sendas condenas judiciales. O el de la Facultad de Biblioteconomía, encajada en la Alcazaba almohade de Badajoz, y que sentencia tras sentencia se ordena el derribo parcial.
Esto por no hablar de la agresión constante a los derechos de sus propios trabajadores y sus representantes, como ocurre en el Ayuntamiento de Mérida, obsesionado con la persecución de sindicalistas, que luego se ha ido condenando en las instancias contencioso-administrativas. No digamos en el Ayuntamiento de Badajoz, que en convocatorias para provisión de plazas de funcionarios ha “ignorado” la normativa vigente de manera frecuente, desautorizado a continuación por los tribunales de justicia.
Es una curiosa “ley del embudo” la que tienen como guía, pues bien que apelan a la legalidad cuando se trata de imponer criterios ante los “desmanes” de la ciudadanía. Y esto, claro, los desautoriza moralmente. Desde luego que la ciudadanía ha de ser respetuosa con lo legislado y ha de ser sancionada, pagando su culpa, si no lo hace. Pero también las administraciones públicas, obligadas, además, a dar ejemplo.
¿Hay informes técnicos avalando dichas actuaciones? Pues los responsables serán los técnicos “malinformantes”, y han de sufrir administrativa o/y penalmente por ello. ¿Qué los políticos se han saltado a la torera los informes técnicos y actuado con altanería y prepotencia? Pues esos perniciosos representantes públicos deberán correr con la responsabilidad consiguiente, administrativa, política y penalmente. Lo que no pueden es irse unos o/y otros “de rositas”, y cargar las culpas contra el que denuncia los desaguisados.

La “Ley del embudo” es un mal uso institucional que se  practicaba mucho por parte de los señores medievales, dueños de horca y cuchillo. O en las monarquías autoritarias y absolutistas de la Edad Moderna. ¡Pero los tiempos han cambiado desde la Revolución francesa para acá!

jueves, 21 de noviembre de 2013

¿QUIÉN SE ACUERDA DE NUESTROS EMIGRANTES?


Moisés Cayetano Rosado
A mediados de los años setenta del siglo pasado se cortó el flujo migratorio extremeño (tras la crisis mundial de 1973), que en los veinte años anteriores se había llevado de nuestra tierra a más de 650.000 personas, camino de las zonas industrializadas de España y los países prósperos de Centroeuropa.
En 1978 (hace treinta y cinco años ahora) se celebraba el I Congreso de Emigrantes Extremeños, al que seguirían dos más, así como la creación de un Consejo de Comunidades Extremeñas en los años siguientes. A partir de ahí, el número de Casas Regionales en el exterior creció de forma exponencial: de apenas media docena a mucho más de la centena. La Junta de Extremadura creó una Consejería de Emigración y Acción Social, y se legisló abundantemente para favorecer la acción extremeña en los lugares de recepción de estos emigrantes, la atención a los mismos en los lugares de acogida, así como facilitar acciones de retorno y reinserción.
Los años pasaron y, como tantas veces, la sombra del olvido fue extendiendo su manto sobre lo que fueron entusiasmos iniciales. Sombra de olvido que en los últimos tiempos -en que la excusa de la crisis económica tanto se evoca para dejar atrás atención y compromisos- se ha hecho espesa como una niebla densa que no nos deja caminar.
Y eso es lo que parece que nos falta: el caminar unidos. El proyectar unidos. El realizar actuaciones que mutuamente nos unan y enriquezcan.
Son muchos los emigrantes y activistas de asociaciones y federaciones legendarias que me han confesado su cansancio, su desánimo por la falta de apoyo institucional con el que mantener el plan de contactos, actividades y promociones que han llevado y muchas siguen llevando a cabo.
Semanas culturales de conocimiento y promoción de nuestra historia, legado artístico, natural, patrimonial, culinario, turístico, etc. Exposiciones de productos culturales, artesanales, industriales de la tierra en los lugares de asentamiento. Visitas, excursiones promocionales, intercambios juveniles y generales. En fin, toda una trama bien tejida con los años de convivencia, conocimiento, escaparate exterior, etc., que se ha ido dejando de apoyar desde aquí, como si fuera una carga onerosa y no un ventajoso lanzamiento de Extremadura en el exterior, gracias precisamente a estos embajadores voluntarios.

¿No es posible rectificar esta desidia? Aunque sea por “egoísmo regional”, ¿no se plantean utilizar de nuevo la infraestructura de las Casas Regionales y el entusiasmo de sus socios para la promoción de nuestros valores y productos? ¿Tanto cuesta el escaso apoyo que necesitan, que las instituciones oficiales -capaces de despilfarrar en lo que no se debe- no son capaces de sostener lo que en esencia es inversión pura? Mantener los lazos y la ayuda es no solamente de justicia sino beneficioso para una región que tiene fuera a más del 40% de los que aquí nacieron.

martes, 19 de noviembre de 2013

ALCÁNTARA, CIUDAD DE FRONTERA
Moisés Cayetano Rosado
Al igual que Valencia, la ciudad de Alcántara está a un paso de Portugal, a donde nos invita a penetrar a través del puente romano más bello y monumental que existe, escasos metros más abajo de la espectacular presa, en la confluencia de los ríos Tajo y Alagón.
De 194 metros de longitud, 8 de anchura y 61 de altura, se sustenta sobre seis extraordinarios arcos de medio punto, de sillares graníticos perfectos. En el centro, sobre pretiles, se eleva el arco de triunfo, con inscripciones referidas a Trajano y los 11 pueblos indígenas que sufragaron su construcción, y con lápidas conmemorativas de Isabel I y Carlos V, en cuya época se le añadieron las almenas.
Al tomarlo, para encaminarnos al país vecino, dejamos atrás un templete en honor al emperador Trajano -de cuya época es el monumento- y los dioses Romúleos; en el otro extremo, se levanta la torre defensiva de la fortificación, del siglo XVIII.
Y de este modo, entre un siglo y otro, del II al XIX, la ciudad extiende al visitante sus tesoros, que nos obligan a una placentera visita reposada. Romanos, árabes, caballeros de la Orden Militar de San Julián del Pereiro (cambiando al nombre “de Alcántara”, al instalarse aquí en 1218), así como religiosos y militares de la Edad Moderna, nos han proporcionado un legado singular.
De los primeros, el magnífico puente y su templete. De los segundos, la traza urbana, el típico encalado de fachadas, las cilíndricas chimeneas cupuladas. De los terceros, señoriales palacetes, iglesias tardorrománicas y góticas, ermitas y especialmente el Conventual de San Benito, levantado por la Orden de Alcántara.
El Conventual, Casa prioral de la Orden –convento, hospedería e iglesia- se construyó en el siglo XVI, siendo en su exterior de estilo renacentista, con atractivo claustro gótico interior y templo de tres naves, de ornamentación plateresca. Allí, tras su acertada restauración, se celebran frecuentes actividades culturales, sobresaliendo el Festival de Teatro Clásico, de periodicidad anual, lo que hace de Alcántara una ciudad imprescindible en la ruta de los espectáculos culturales del oeste de la Península.
Ya en la plena Edad Moderna, además de culminarse el Conventual, destacan los palacios de los Topete Escobar, de los Barcos y de Torreorgaz, así como la ermita de los Remedios y la iglesia de San Pedro de Alcántara, en cuya entrada -en la plaza- encontramos una magnífica escultura del santo natural de la villa. De esta época son los importantes restos de muralla abaluartada que reforzaron la medieval y defendieron la ciudad en las continuadas guerras con los vecinos portugueses.
A causa de ello, la ciudad fue fortificada “a la moderna”, con un recinto abaluartado, del que se conserva buena parte de su lienzos de murallas y baluartes, que necesitan de una actuación restauradora para ponerlo en valor, pues es un patrimonio monumental e imprescindible para conocer la historia de nuestra Raya.
Pero con ser toda la ciudad un puro monumento, no lo es menos el arte de su cocina, expoliando las propias tropas napoleónicas el recetario de los frailes del convento de San Benito, con lo que después se alzaría en buena parte la refinada y famosa “cocina francesa”. Todos aquellos platos que hablen “de Alcántara” -si no hay fraude- han de ser de garantía. ¡Qué bacalao... a la moda de Alcántara, frito con aceite de oliva, patatas, espinacas y ajo! ¡Qué perdiz... a la moda de Alcántara, con su brandy, vino de Oporto, mantequilla, almendras, pimienta negra y sal! ¡Qué delicia de faisán!

Para postre, mormenteras -¡también!- de Alcántara, extraordinario dulce de origen árabe. Todo ello en sus múltiples y asequibles restaurantes, que alegrarán el camino de todo visitante.

lunes, 18 de noviembre de 2013

EXILIO, INCOMPRENSIÓN, REPRESIÓN Y OLVIDO:
CAUTIVOS EN LA ARENA
El Stambrook, donde embarcaron los últimos huidos hacia Argelia
No es fácil encontrar un reportaje más emotivo, riguroso y ejemplar  como el de estos 93 minutos. Entrevistas a los protagonistas de los hechos, a historiadores; fotos y grabaciones de la época; textos de acompañamiento… forman un conjunto bien hilado de alta calidad artística, técnica, histórica, social y didáctica, que merece ser visto para comprender lo que significó el exilio republicano español.
En este caso, concretado en los últimos republicanos embarcados en Alicante hacia la Argelia bajo dominio galo, donde miles de exiliados se encontrarían con lo que ya estaba sucediendo en el sur de Francia: incomprensión y represión, hasta límites inconcebibles, por su inhumanidad y extrema crueldad.
Hambre, sed, enfermedades, confinamiento, trabajos forzados; calor extremo, frío hasta lo insoportable; suciedad, miseria indecible; castigos brutales, sistematización de la explotación… para con refugiados “amigos”, tratados como los peores criminales huidos y peligrosos enemigos.
Y luego, tras la liberación europea del nazismo -a lo que eficazmente contribuyeron tantos exiliados, y a los que se les prometiera su propia liberación, la liberación de España de la atadura del franquismo-, el espeso olvido, el desentendimiento, al que siguió la lacerante colaboración, que en la Guerra Fría se les hizo más “conveniente” a las democracias occidentales, encabezadas por EE.UU.
La España de Franco era una garantía contra el “enemigo comunista”, contra la URSS, aunque para los que quedaran dentro fuera un calvario de sistematizada persecución, un exilio interior durísimo para millares de derrotados o sospechosos de colaboracionismo con los que fueron derrotados. Una España del miedo, de la miseria y posterior emigración (léase sobre ello, como ejemplo, Equipaje de amor para la tierra, de Rodrigo Rubio: un libro denso sobre ese exilio interior y nuestra traumática emigración a Europa).
¡Triste España, triste mundo occidental, con este lastre histórico que a todos nos golpea!

Moisés Cayetano Rosado
Ante este trato injusto a nuestros exiliados, cobra aún más grandeza si cabe la actuación que tuvieron en Barrancos (Portugal) con más de mil refugiados de la frontera andaluza y extremeña en 1936: ayuda y solidaridad del pueblo llano tras la protección valerosa y arriesgada del teniente Seixas, y a pesar de la simpatía del régimen salazarista con los militares españoles golpistas. El libro "Barrancos en la encrucijada de la Guerra Civil Española" (Barrancos na encruzilhada da Guerra Civil de Espanha), de Dulce Simões da cumplida y brillante cuenta de ello.

viernes, 15 de noviembre de 2013

EL TERRIBLE EXILIO DE LOS REPUBLICANOS ESPAÑOLES


Moisés Cayetano Rosado
La trilogía La guerra perdida, reúne tres novelas de autobiografía familiar escritas por Jordi Soler, descendiente de republicanos españoles que tras perder la guerra,  huídos a pie por los Pirineos con dirección a Francia, recalan como exiliados en México, tras sufrir una dura experiencia concentrados en Argelés-sur-Mer (Francia).
Por separado, las novelas fueron editadas en 2004 (Los rojos de Ultramar), 2007 (La última hora del último día) y 2009 (La fiesta del oso), antes de que la editorial Mondadori  los presentara juntos en el volumen citado al principio, en 2012.
La primera se centra fundamentalmente en ese periplo terrible por los Pirineos, el confinamiento en campo de refugiados -que más era campo de castigo y exterminio- y la vida de refugiados en México, con sus luces y sus muchas sombras.
La segunda -para mí la mejor escrita, llena de gracia, al tiempo que de tensión, ironía y desenvoltura- transcurre en la hacienda fructífera -La Portuguesa- que logran levantar familiares y amigos exiliados en la selva mexicana, con sus dificultades íntimas, el desentendimiento con los nativos resentidos bajo el recuerdo de “los conquistadores de antaño” y el abuso delictivo de las autoridades locales.
La tercera, un poco a “contramano” de las anteriores, ajusta cuentas con un tío, hermano de su padre, que sobrevive en un lugar recóndito de las montañas pirenaicas, desenvolviéndose en medio de la extorsión, el robo e incluso un terrible asesinato de una niña, que lo lleva a la prisión y el mayor de los desprecios.
Cada día queda más desmitificada la actuación de los “amigos de la República”, según se van publicando investigaciones y sacando a la luz testimonios personales. En esta trilogía, además de la importancia literaria, relevante, queda patente esta desmitificación, de la que quiero resaltar tres mensajes capitales:
Lo sangrante de la huida de España: Los refugiados caminaban por la orilla de la carretera, sobre un suelo fangoso de nieve vieja y una altura de lodo que a veces les alcanzaba las rodillas, escribe en la página 36 (primera novela).
La “trampa” cruel del primer refugio: Los republicanos perseguidos por la ira franquista, buscaban asilo en Francia y el gobierno francés los recibía como si fueran criminales y los encerraba en un campo de concentración (pg. 414, en la tercera novela).
Lo lacerante del exilio: El artículo 33 de la Constitución mexicana que lo facultaba para echar del país a cualquier extranjero que atentara contra el orden y la feliz convivencia de la sociedad, cosa que desde la óptica del trabajador indígena y explotado, que era invariablemente la óptica del alcalde, calificaba como delito suficiente para echar a todos los extranjeros de La Portuguesa y del país; y aunque los patrones, formados todos en el Partido Comunista, en la guerra que habían perdido, y en la injusticia atroz del exilio, eran incapaces de explotar a nadie, no querían exponerse a discutir mucho el tema y simplemente aceptaban las multas preventivas que establecía el alcalde, unas multas cuyo pronto pago volvía sordos los oídos de los funcionarios (pg. 229, en la segunda novela).
Decía León Felipe en unos versos memorables de su libro “Español del éxodo y del llanto” (1939): Tuya es la hacienda/ la casa,/ el caballo/ y la pistola./ Mía es la voz antigua de la tierra./ Tú te quedas con todo/ y me dejas desnudo y errante por el mundo…/ mas yo te dejo mudo… ¡Mudo!/ ¿Y cómo vas a recoger el trigo/ y a alimentar el fuego/ si yo me llevo la canción? Pero él mismo acabaría diciendo en 1958: Yo no me llevé la canción. Nosotros no nos llevamos la canción Vosotros os quedasteis con todo: con la tierra y la canción... Al final todo se hizo grito vano, lamento hinchado.
Es decir, el desterrado lo perdió todo: la tierra, la ilusión y la esperanza. Obtuvo a cambio el tremendo sufrimiento de la incomprensión, la hostil acogida, la coacción, la represión. En La guerra perdida, Jordi Soler lo testimonia con maestría.

jueves, 14 de noviembre de 2013

UN ESPAÑOL HABLA DE SU TIERRA
Mi edad tenía Luis Cernuda cuando murió en México, D.F., el 5 de noviembre de 1963, hace ahora cincuenta años. Poeta del amor y del dolor; de la injusticia y de la incomprensión; de la profunda sensibilidad y la armonía… es siempre un referente al que volver. Volver como él no pudo a la tierra que en su exilio añoró tanto.
Vale la pena recorrer su vida y obra, comentarios y críticas, en este enlace que transcribo:
Pero yo ahora quisiera, brevemente, acercarme a su grandeza poética y vital, a través solamente de un poema que es todo un monumento al arte  y al estremecimiento humano del desgarro. Ese inolvidable Un español habla de su tierra, donde con un ritmo sosegado, con una dulce cadencia pegadiza, nos conduce al recuerdo más íntimo y a la denuncia más explícita; a las vivencias cotidianas que se pierden y lo irreversible del trauma del exilio, que congela la vida:
Las playas, parameras
al rubio sol durmiendo,
los oteros, las vegas
en paz, a solas, lejos;
los castillos, ermitas,
cortijos y conventos,
la vida con la historia,
tan dulces al recuerdo.

Ellos, los vencedores,
caínes sempiternos,
de todo me arrancaron,
me dejan el destierro.

Una mano divina
tu tierra alzó en mi cuerpo
y allí la voz dispuso
que hablase tu silencio.

Contigo solo estaba,
en ti sola creyendo;
pensar tu nombre ahora
envenena mis sueños.

Amargos son los días
de la vida, viviendo
sólo una larga espera
a fuerza de recuerdos.

Un día, tú ya libre
de la mentira de ellos,
me buscarás. Entonces
¿qué ha de decir un muerto?

 Paco Ibáñez lo musicó y cantó con maestría, siendo para mí uno de sus logros mayores entre los muchos que ha tenido interpretando a múltiples poetas. Escucho con frecuencia dos versiones de ese mismo poema en boca del cantautor: magníficas ambas, pero sutilmente diferentes.
Pongo el enlace de las dos: aprecio en la primera, de 1969, una voz -juvenil, claro- donde se nota una llama de esperanza, el aguardo de tiempos que irían a cambiar las situaciones…; en la segunda -reciente-, la voz más resignada, escéptica, pasada por el tamiz del desengaño en el reverso de la historia. ¿Acaso vaya así aún más en consonancia con la esencia profunda de los versos?
(Paco Ibáñez en el Olimpia de París, diciembre de 1969)
 (Paco Ibáñez, actualidad)

¡Cincuenta años no es nada! Luis Cernuda seguro que volvería a firmar hoy con las mismas palabras el poema!

Moisés Cayetano Rosado

lunes, 11 de noviembre de 2013

Portinho da Arrábida. De las ruinas romanas de Creiro a la Lapa de Sta. Margarida, con el Forte de Sta. María al medio


Moisés Cayetano Rosado
Setúbal es todo un tesoro en patrimonio monumental eclesiástico y civil, así como en militar, donde sobresale el portentoso Forte de S. Filipe, que inaugura la Edad Moderna; no digamos la importancia de su oferta gastronómica autóctona, que en peces y mariscos no tiene rival.
Enfrente, al sur, Troia es un destino tentador por sus playas inmensas y por sus yacimientos romanos, que nos hablan de la importancia especial de las conservas y salazones de pescado, de hace más de dos mil años.
Al norte, Palmela parece un gran barco varado encima de la montaña que corona el espacio septentrional de la Serra da Arrábida: medieval, renacimiento y barroco se concentran en su recinto fortificado, formando un conjunto inigualable.
Y si caminamos al oeste, ¿qué decir de Sesimbra, apenas 20 kilómetros más allá, otra tentadora oferta de playa, montaña, fortalezas y gastronomía?
Al este, las marismas del río Sado se prestan a la aventura marinera de sus aguas tranquilas, donde reinan bandadas de flamencos y gaviotas.
Pero ahora quiero detenerme en ese espacio intermedio insinuado. En ese borde marítimo delimitado al sur por un mar generoso con pequeñas y medianas playas, semiescondidas por las elevaciones que enseguida las protegen, y al norte por ese paredón calcáreo, tan cubierto de exuberante vegetación que es la Serra da Arrábida, uno de los parques naturales más importantes de la Península ibérica.
E incluso quiero acotar aún más, pues podríamos perdernos en la Sierra, en su Convento franciscano -siglo XVI-, de Nossa Senhora da Arrábida, o en sus encantadores pueblecitos, no resistiendo la tentación de pasar por Azeitão, cuyo queso de oveja -con denominación de origen protegida a nivel europeo-, es uno de los más deliciosos que nos sean dando degustar.
Hablemos ahora -tras este extenso preámbulo- solamente de los alrededores de Portinho da Arrábida, pasado el fabuloso Forte de Santiago de Outão, del siglo XVII, así como las playas de Figueirinha y Galápagos, pero antes de la playa de Alpertuche y la de California, ya casi en Sesimbra.
Lo primero que se nos ofrece, al borde de la carretera sinuosa es la indicación para llegar a las ruinas romanas de Creiro, a pocas centenas de metros de esta vía que sigue las curvas de la costa.
Colocadas sobre un morro que parece precipitarse hacia el mar que está a sus pies, contemplamos un asombroso complejo industrial de producción de salazón de peces (sardina y caballa), de los siglos I al V d.C., con unidad fabril de numerosos y variados tanques de aristas en media caña (curvas) por cuestiones de higiene, balneario completo, cisterna, almacenes de planta rectangular y sistema de captación, canalización y almacenamiento de agua dulce.
En un espacio limitado, rodeado de abundantísima vegetación mediterránea de montaña, se nos ofrece toda una lección de las actividades industriales relacionadas con la salazón y almacenamiento de pescado por los romanos, con su complemento de asueto para los trabajadores: el balneario. La extraordinaria excavación y su conservación son admirables.
De ahí, un poco más adelante, pasamos al Forte de Santa María, pequeña fortaleza al borde del mar, construida a partir de 1670 y reforzada en 1798. Tras perder su función militar de protección a Portinho y al Convento de Arrábida, pasó en 1932 al destino de hostelería y restauración, que conservó hasta 1976.
Planta del Forte (recibida de Rosarinho Salgado Alves Gatto)
En la actualidad, el Forte alberga un pequeño Museu Oceanográfico, con un centro de biología marina. Las vistas desde su terraza, tanto al mar como a la sierra, son extraordinarias.
Y ya, por el mismo camino que desde la carretera inicial nos ha llevado al Forte, un poco antes, sale una senda descendente, escalonada -con unos 200 escalones-, que nos lleva de inmediato a la Lapa de Sta. Margarida, una inmensa gruta calcárea, que alberga una curiosa capilla del siglo XVII en su zona central, donde pueden reunirse hasta 500 personas.
La vista del mar, el choque de las olas, el piar de las gaviotas, desde el interior, nos ofrecen una imagen de luz y sonidos extraordinaria; ese interior, que semeja un gigantesco cuenco cerrado, con pasadizos laterales poco explorados, estalactitas goteando, gruesas columnas calizas que parecen sostener la amplia techumbre, el altar lleno aún de vírgenes, santos, flores, velas… -pues aún se siguen haciendo ritos religiosos en ella- nos coloca en una dimensión especial.
Belleza natural, religión, leyendas, magia, se mezclan en este increíble espacio, utilizado por marinos, pescadores y lugareños a lo largo de los siglos, como lugar de encuentro y de celebraciones, que -transformadas- se mantienen.

Salimos al exterior, al puerto de Portinho: ¡qué olor a pescado asado en sus casas y en sus restaurantes palafíticos! ¡Y qué olor, también a fragancia de bosque y de mar!

viernes, 8 de noviembre de 2013

TO ER MUNDO É GÜENO
Moisés Cayetano Rosado
Leo en digitalextremadura.com esta frase remarcable del Presidente José Antonio Monago: Nuestro camino hacia la igualdad nos debería unir en la defensa de los más débiles, de los que más necesitan de la política activa en nuestra sociedad, de los que demandan más igualdad de oportunidades, la izquierda y la derecha tenemos que hacerlo por nuestros jóvenes, por nuestros mayores y por nuestros pueblos.
No puedo evitar que me venga a la memoria la película de Manuel Summers “To er mundo é güeno”, de 1982, en la que el desenfadado director recurrió a la táctica de la cámara oculta, exponiendo una sucesión de bromas. Ciudadanos anónimos demuestran su ingenuidad, al picar con las jugarretas más rocambolescas.
Y es que una jugarreta rocambolesca es, sin duda, la palabrería. “Flatus vocis”, que decían los latinos para referirse a palabras que no tienen significado, porque sólo son soplos, gases que expulsamos por la boca tras acumularse en exceso en nuestro estómago.
¡Camino hacia la igualdad! ¡Defensa de los más débiles! ¡Izquierda y derecha unidas por nuestros jóvenes, mayores y pueblos! Como dijo Fernando VII: Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional, al jurar la Constitución de Cádiz en 1820, que ya había traicionado y volvería a traicionar en cuanto pudo.
Sí, toda esa palabrería de “buenísmo” en una sola tacada mientras la situación sigue como hasta ahora: jóvenes sin perspectiva de empleo, costeándose por su cuenta y la de su familia una sobrepreparación en academias con miras a inexistentes oposiciones, o en masters que son el cuento de la lechera; mayores que pierden su colocación o se arruinan en sus pequeñas y medianas empresas, quedándose a dos velas; pueblos que de nuevo se despueblan y donde se sueña con nueva emigración, como ocurrió tantas veces en nuestra historia de miserias…

Pero qué buenos que vamos a ser de ahora en adelante, uniéndonos todos, cogidos de la mano, como nuevos quijotes, dispuestos a enderezar entuertos, defendiendo a los débiles. To er mundo güeno, sí, y Summers redivivo grabando una nueva edición de su película, ¡no te digo!

miércoles, 6 de noviembre de 2013

MANO QUE PIDE Y MANO QUE SE OFRECE
¿Qué pide esa mano dorada
que llama en el portal de una casa
de St. Jean-Pied-de-Port, por donde pasan
silentes peregrinos?
Es la ruta francesa de un camino
envuelto en el mito y la esperanza,
y muchos buscan
un rato de reposo.
Pero acaso ella quiera
lo que me está ofreciendo
esta otra mano blanca
en el silencio de la Cartuja de Granada:
un poco de agua resguardada
del bullicio que fuera nos rodea.
Agua que nos bendice y nos alivia,
claro frescor, consuelo,
para la eterna caminada.

Moisés Cayetano Rosado

lunes, 4 de noviembre de 2013

VALENCIA DE ALCÁNTARA, PURA RAYA
Fortificación abaluartada, castillo medieval e Iglesia de Rocamador
Moisés Cayetano Rosado

El nombre de Valencia de Alcántara va especialmente unido a su fabuloso patrimonio de dólmenes neolíticos y al bellísimo barrio judío de portadas graníticas ojivales. Arropada por la Sierra de San Pedro al norte y al este, la Sierra de Alburquerque al sur y la Serra de Marvão al oeste, la población se eleva sobre una fabulosa masa granítica de la que han ido saliendo los sillares de sus construcciones.
Valencia es sin duda una ciudad y un espacio geográfico hechos para el paseo. Paseo por las calles, callejuelas, plazas y plazoletas de su casco antiguo, de su barrio medieval; paseo por los cerros y sierras de los alrededores, con sus enormes encinas y alcornoques, sus castaños, robles y nogales, sus bolos graníticos, dorsos pétreos de ballena, gigantescos pedruscos de todas las formas y disposiciones.
Una entrada al barrio gotico de Valencia de Alcántara
La visita urbana debe comenzarse por el citado barrio gótico-judío, derramado por diecinueve calles en las que se atesoran más de 200 portadas en las que reina el granito y los arcos ojivales, conservándose una sinagoga de arcos de medio punto peraltado y columnas de fuste cilíndrico muy similar a la portuguesa de Tomar, y todo ello de traza y ambiente parecido a la judería de Castelo de Vide.
Cristo atribuido a Berruguete en la Iglesia de Rocamador
Al este se encuentra la iglesia parroquial de Nuestra Señora de Rocamador, de los siglos XV y XVI, declarada de interés histórico-artístico, en cuyo interior se guarda una hermosa tabla de Luis de Morales y una talla de Cristo crucificado atribuida a Berruguete, sobrecogedora en su retorcimiento expresionista.
Al lado mismo está el castillo, de enorme torre de homenaje, que data del siglo XIII y se encuentra reforzado por un recinto abaluartado de los siglos XVII y XVIII, con recios paredones, bien restaurado, aunque las casas adosadas en buena parte del conjunto le resta prestancia exterior. Lamentablemente, de la fortificación abaluartada que rodeaba toda la ciudad a comienzos del siglo XIX, apenas queda una puerta, un baluarte y restos de otro y de una cortina de murallas, pues arrasó con ellos la expansión urbana.
Valencia de Alcántara desde el castillo
De allí hemos de volver al centro de la población, llegando ahora a la Plaza Mayor, pavimentada en 1873 con piedras calcáreas traídas de Portugal, remodelada posteriormente, pero conservando el antiguo trazado en ondas a dos colores. Ahí se encuentra el Ayuntamiento, de amplio atrio con arcos de medio punto y columnas cilíndricas; el Mercado de Abastos; la iglesia gótico-renacentista de la Encarnación; el Palacio del Gobernador de la villa, y la antigua Prisión, que forman un conjunto de gran belleza y armonía.
Con todo lo esbozado y ser de suma importancia además su acueducto de origen romano, los conventos de Santa Clara y San Francisco, sus paseos ajardinados de las expansiones del sur y los múltiples caseríos y pedanías de los alrededores, hemos de destacar especialmente el patrimonio megalítico, del que se conservan en el término municipal 33 dólmenes graníticos y 8 de pizarra, además de varios castros y construcciones de falsa cúpula de la Edad del Bronce.
La excursión para verlos siempre es una delicia, subiendo entre rocas y espesa vegetación, por veredas y caminos bien asentados, serpenteantes. Hay señalizadas y bien atendidas varias rutas, cada una de las cuales lleva a unos cuatro o seis dólmenes, donde lo impactante de los monumentos funerarios se une a la rica vegetación y la amplitud de vistas paisajísticas.

Buche de cerdo
Un regreso a la población, tras las excursiones, nos lleva al primor de su gastronomía. No debemos marcharnos sin probar el buche de cerdo (sólo en primavera), las cachuelas, el frite de cordero, la chanfaina, el gazpacho (de verano) y las migas, sin olvidar los platos a base de caza mayor y menor, así como la variadísima repostería, de la que los fritos borrachos, las roscas, tortas de chicharrones y bollos de Pascua son “bocati di cardinali”.