miércoles, 26 de julio de 2017

DE ANTONIO PONZ A LA CARTA DEL ICOFORT PASANDO POR EL PLAN NACIONAL DE ARQUITECTURA DEFENSIVA
Moisés Cayetano Rosado
Escribía Antonio Ponz en su Viaje de España, en 1784: Uno de los abandonos más dignos de compasión, que yo hallo por quantas partes he viajado, y voy viajando en España, es el de las fortalezas, y castillos. Y más adelante: Reducidas en su día á paredones caidos, y á montones de escombros, solo dán una idea de poltronería, é ignorancia; y á no saberse ser esta la causa de su destrucción, nadie creería que la hubiese podido causar sino un ejército de bárbaros (Tomo VIII, Capítulo I).
¿Pero es que hemos cambiado mucho desde entonces, desde esos finales del siglo XVIII, en que el abandono, la indolencia, la ignorancia, eran denunciados por el agudo observador que fue este viajero, humanista, historiador, fino observador, dejando constancia de sus impresiones en diecisiete volúmenes y otro más que no pudo terminar?
La salvaje agresión, premeditada, impulsada por instancias oficiales bajo petición y euforia pública desde mediados del siglo XIX, para destruir murallas, baluartes, rellenar fosos, ocupar glacis de nuestro patrimonio fortificado urbano, como signo de “modernidad”, “higienización” y ensanches urbanos, tendría una “réplica” importante (como los terremotos) en los años depredadores del “desarrollismo” de los años sesenta del siglo XX. La descontrolada expansión urbanística dio la “estocada de muerte” a gran parte de nuestro patrimonio arquitectónico militar de la Edad Moderna, al tiempo que olvidaba las “ruinas románticas” de los castillos medievales. Con ello la integridad del patrimonio quedaba gravemente dañada.
Al tiempo, se actuaba de manera caprichosamente “transformista”, adulterando la autenticidad de buena parte del patrimonio, reinventando espacios, formas, elementos, como si de un juego de “castillos de arena” se tratara por parte de niños en la playa. Desde las ensoñaciones de Viollet-le-Duc de mediados del siglo XIX hasta las aspiraciones modernizantes de arquitectos “creativos” que convierten interiores de fuertes abaluartados en una especie de “estación de autobuses” donde impera el hormigón armado y la cristalería, cual es el caso del Fuerte de San Cristóbal en Badajoz -ya bien entrado el siglo XXI-, pasando por el rediseño “imperialista” de las actuaciones en castillos y fortalezas del salazarismo portugués de los años cuarenta del siglo XX.
Con todo ello, la excepcionalidad de nuestros elementos y conjuntos monumentales militares ha ido quedando tan brutalmente herida que, como recogíamos de Antonio Ponz, nadie creería que la hubiese podido causar sino un ejército de bárbaros.
¿Haremos caso de las sabias recomendaciones que en 2015 se hacía en el Plan Nacional de Arquitectura Defensiva español, recogiendo lo que ya se venía diciendo en la Carta de Atenas de 1931, en la Carta de Venecia de 1964, en la Carta de Cracovia de 2000, en la Carta de Baños de la Encina de 2006, en los Principios de la Valeta de 2011, entre otros muchos documentos internacionales? Aquello de que toda restauración debe aplicar el criterio de mínima intervención; aquello otro de que no se deberá intervenir para crear un nuevo supuesto estético o histórico, o aquello de que la restauración de un bien cultural es un hecho excepcional dentro de su historia. Su conservación preventiva siempre ha de ser preferible.
Ahora, en el XI Seminário Internacional de Arquitectura Militar que se organiza del 24 al 27 de agosto por parte de la Câmara Municipal de Almeida (Portugal), se presentarán los trabajos de redacción de la Carta Internacional de las Fortificaciones y Patrimonio relacionado, elaborada por el ICOFORT/ICOMOS en otro Seminario que tuvo lugar en Siena el pasado 10 de junio.
La Revista del Centro de Estudos de Arquitectura Militar de Almeida (CEAMA), en su recientísimo número 16, publica dicho documento para su estudio y discusión en el aludido XI Seminário Internacional.
Del mismo destacaríamos su apuesta por promover estudios para asegurar la comprensión de la fortificación antes de cualquier intervención. Al tiempo, advierten que para desarrollar una interpretación adecuada, debe incluir tanto la construcción como la estructura de ella misma, y todos los paisajes y territorios que se supone defienden y protegen. Igualmente, indican que hay que preparar regulaciones/leyes de protección compatibles con la preservación de la integridad de la fortificación, sin olvidar que se deben interpretar las fortificaciones como componentes de sistemas internacionales, transnacionales,  de territorios, establecimientos de complejos urbanos, y no estructuras solitarias y aisladas. O sea, se hace una decidida apuesta por actuar bajo unas premisas de conocimiento científico riguroso, al tiempo que han de olvidarse localismos exclusivistas. Lo que atañe a las fortificaciones se explica por su contexto físico envolvente en cada una de ellas y por el sistema que entre todas forman como conjunto defensivo, que no se entiende por un elemento sino por el espacio territorial de cada una de las construcciones y la relación de éstas entre sí, como estrategia de grupo.
Esta Carta del ICOFORT/ICOMOS también establece algo que parece obvio, aunque en la práctica se olvida con frecuencia: cualquier intervención debe elaborar un plan director, y, en consecuencia con lo expresado más arriba: Todo el trabajo se basa en la integración valores holísticos del sitio en relación con sistemas de defensa y el medio ambiente.

En las referencias documentales, se vuelve a incidir en las principales Cartas Internacionales, y queda abierto el debate, con el fin de que en 2020 se apruebe definitivamente esta nueva Carta por la Asamblea General del ICOMOS: esperemos sea más tenida en cuenta y respetada por los distintos estados y comunidades que la generalidad de las anteriores. A ver si así, el abandono y las pésimas actuaciones de que hablaba Antonio Ponz son desterradas al menos en los países donde nos creemos más civilizados.

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